En lo que respecta a la economía estadounidense y la economía mundial, su crecimiento dependerá en gran medida de la duración y la gravedad de la guerra con Irán, del aumento de las presiones inflacionistas, del deterioro de los indicadores de consumo y de si el impulso de la inteligencia artificial se mantiene o comienza a perder algo de fuerza.
«La economía mundial se encuentra sometida a fuerzas contrapuestas, y podría pasar algún tiempo antes de que una de ellas acabe imponiéndose con claridad», añade Spence. Por otra parte, un crecimiento económico que venga impulsado por un único subsector de la economía no implica necesariamente un crecimiento saludable.
Según la economista de Capital Group Beth Beckett, Europa podría enfrentarse a un escenario de estanflación antes de final de año, ya que el aumento de los precios de la energía está afectando al nivel de actividad en la región. «Creo que el impacto será muy inferior al que vimos en 2022, gracias, en parte, a la mayor actividad manufacturera y a una orientación más expansiva de la política fiscal en Alemania».
El aumento del gasto en defensa en Europa ha ofrecido ya un fuerte impulso al sector aeroespacial y de defensa de la región, y se espera que la tendencia continúe, ya que los conflictos geopolíticos condicionan cada vez en mayor medida el panorama mundial.
En Asia, se prevé que la debilidad del mercado de la vivienda y la ralentización del comercio internacional afecten a la economía china. Por su parte, Japón seguirá mostrando debilidad, ya que el conflicto en Oriente Próximo frena la actividad de exportación. Ambos países afrontan tensiones energéticas debido a la guerra de Irán. Mientras se mantenga el cierre o el bloqueo parcial del estrecho de Ormuz, la restricción del suministro de petróleo podría continuar limitando el crecimiento económico, sobre todo cuando se agoten las reservas estratégicas. Antes de la guerra, China era, con mucha diferencia, el mayor comprador de petróleo iraní.
La crisis del petróleo es un riesgo, pero hay precedentes
La guerra de Irán es un claro recordatorio de que el mundo sigue necesitando petróleo. Cuando el suministro se ve amenazado, el impacto del aumento de los precios se extiende rápidamente a las compañías, los consumidores y los mercados internacionales.
Alrededor del 20% del suministro mundial de petróleo pasa por el estrecho de Ormuz, frente a las costas de Irán, por lo que cualquier interrupción en esa zona se refleja de manera inmediata en los precios del combustible. Incluso en Estados Unidos, que es el mayor productor mundial de petróleo, el precio de la gasolina ha subido casi un 53% desde que empezó la guerra.
«Los riesgos económicos son reales, y los costes no harían sino aumentar si la guerra se prolongara», afirma Paul Benjamin, gestor de renta variable. «Dicha prolongación podría provocar una caída de los mercados de renta variable, un fortalecimiento del dólar estadounidense y un aumento de los diferenciales de crédito».
La buena noticia es que, en los últimos veinte años, los mercados de renta variable han tendido a superar las crisis geopolíticas, ya que estas no han derivado en interrupciones prolongadas del suministro. En los siete episodios de interrupción del suministro de petróleo que se han producido desde la primera guerra del Golfo en la década de 1990 hasta la invasión rusa de Ucrania en 2022, la renta variable ha caído una media de un 1% en las dos semanas posteriores al episodio en cuestión, pero ha registrado una subida del 1,4% un mes después, del 12% un año después y del 32,3% en los siguientes dos años. Es importante recordar que los mercados descuentan expectativas futuras y que quizás ya están anticipando una resolución al conflicto actual.