Cuando trabajé como diplomático de Estados Unidos, solíamos decir que la guerra es el fracaso de la diplomacia. La falta de avances concluyentes en las negociaciones iniciales que se han llevado a cabo en Islamabad pone de manifiesto la fragilidad de la diplomacia.
No obstante, como todas las guerras anteriores, esta también pasará, y está claro que lo hará mediante un acuerdo de paz negociado, y no con una rendición incondicional. El accidentado camino hacia la paz no ha hecho más que empezar en Islamabad, y era demasiado pedir que llegáramos a la resolución completa del conflicto con una única ronda de negociaciones.
Si pensamos que la estabilidad acabará llegando, ¿qué huella dejará esta guerra en el mundo? No parece probable que tras la guerra se acaben los conflictos en Oriente Próximo, ya que persistirán la profunda desconfianza y las tensiones entre Irán, Israel, Hizbulá, los países del Golfo y Palestina, que aún sigue sin tener Estado propio. Aun así, creo que la región acabará alcanzando una «nueva normalidad» que podría ofrecer cierta estabilidad y favorecer la recuperación gradual de la economía mundial.
Más allá de la propia región, la guerra de Irán ya ha introducido cambios geopolíticos de largo alcance. A continuación, explico cuáles son, en mi opinión, las cuatro consecuencias a largo plazo de la guerra de Irán:
1. Los puntos críticos económicos como arma geopolítica
La capacidad de Irán para controlar el estrecho de Ormuz con poco más que unos cuantos drones, minas y misiles de corto alcance demuestra lo fácil que resulta utilizar pasos marítimos estrechos como herramientas de presión. El estrecho de Ormuz es solo un ejemplo de paso estratégico en el que, por una simple cuestión de geografía y con una pequeña inversión en drones, los países pueden reivindicar su «soberanía» sobre un punto estratégico clave y hasta acabar paralizando las cadenas de suministro, causando así un enorme perjuicio a la economía mundial.
Los pasos marítimos naturales, como el estrecho de Taiwán y el estrecho de Malaca, son compartidos y están protegidos por el derecho internacional por razones de peso. La economía mundial depende de un tráfico marítimo previsible y de un acceso abierto. El control de cualquiera de estos pasos marítimos se traduce, en la práctica, en el control de recursos críticos. En el caso del estrecho de Ormuz, su cierre ha provocado el encarecimiento del petróleo y de otras materias primas, como los fertilizantes.